Las protestas de Colin Kaepernick y el inicio del conflicto reputacional
La NFL ha enfrentado severas críticas en los últimos años por cuestiones de racismo estructural dentro de la liga. Este debate se intensificó a partir de 2016 cuando el jugador y activista, Colin Kaepernick —entonces quarterback de los San Francisco 49ers— inició sus protestas arrodillándose durante el himno nacional en un contexto marcado por dos casos que sacudieron al país ese mismo año: los asesinatos de Alton Sterling y Philando Castile a manos de la policía. Ambos incidentes, ampliamente difundidos en redes y con gran indignación pública, fueron mencionados por el propio Kaepernick como parte del motivo de su protesta contra la injusticia racial y el abuso policial.
Su gesto, repetido a lo largo de toda la temporada de ese año, no quedó aislado: otros jugadores comenzaron a sumarse. Eric Reid —su compañero en San Francisco— fue el primero en arrodillarse a su lado; luego lo hicieron Brandon Marshall (Broncos), los Dolphins, varios jugadores de Seattle y figuras como Malcolm Jenkins (Eagles), quien levantaba el puño en señal de protesta.
Aunque ninguno enfrentó un costo tan alto como Kaepernick —quien no volvió a ser contratado después de 2017—, varios sí recibieron multas, críticas públicas y presiones internas de sus equipos. En algunos casos hubo amenazas de pérdida de tiempo de juego, advertencias de directivos y campañas de aficionados en su contra. Las reacciones evidenciaron que la protesta se había convertido en un tema incómodo para la liga y que el apoyo entre jugadores no neutralizaba el costo personal de alzar la voz.
Estas respuestas fueron interpretadas por amplios sectores como una forma de represalia, lo que dejó expuestas tensiones raciales de fondo: dueños de equipos mayoritariamente blancos frente a un jugador afroamericano que protestaba por los derechos de su comunidad. A ello se sumó una brecha estructural más amplia: la falta de diversidad en puestos de liderazgo. Muy pocos entrenadores en jefe y ejecutivos afroamericanos, a pesar de que una parte significativa de los jugadores de la NFL proviene de esa comunidad.
Aunque las protestas de Kaepernick ocurrieron años antes del asesinato de George Floyd, lo sucedido en 2020 reavivó el debate nacional y conectó ambas discusiones en un mismo reclamo social. La tensión racial dentro de la liga quedó aún más clara con la demanda que el exentrenador Brian Flores presentó en 2022, acusando prácticas discriminatorias en los procesos de contratación.
El descontento también se reflejó fuera de los estadios: aficionados, activistas y figuras públicas expresaron su preocupación por las decisiones de la NFL y por su respuesta a estas tensiones raciales persistentes. La controversia incluso alcanzó al espectáculo más visto del deporte estadounidense.
Un ejemplo emblemático fue Rihanna, quien en 2019 rechazó encabezar el show de medio tiempo en solidaridad con Colin Kaepernick. Su postura —“no podía ser una vendida, no podía ser cómplice”— resonó con fuerza porque ocurrió justo en el momento en que la NFL intentaba mostrar un supuesto giro hacia la inclusión. Aun con la promesa de un nuevo enfoque, Rihanna decidió no prestarse a un escenario que, en su opinión, no había cambiado lo suficiente.
Alianza con Jay-Z y Roc Nation: reputación e inclusión sobre el escenario
Ese mismo año, en medio del escrutinio público, la NFL buscó reparar su imagen ante las acusaciones de racismo estructural. La estrategia más visible fue intentar transformar el Super Bowl Halftime Show en un espacio de diversidad simbólica. Para ello, en 2019 la liga forjó una alianza con Shawn “Jay-Z” Carter y su empresa Roc Nation, otorgándole el rol de “estratega de entretenimiento en vivo”. Jay-Z —un artista afroamericano con influencia cultural y trayectoria en causas de justicia social— se convirtió así en productor y curador del espectáculo de medio tiempo, posicionándose como la cara pública del intento de renovación.
Esta alianza fue vista como un intento de la NFL por mediar con la cultura afroamericana y otras comunidades, incorporando sus voces en el evento de mayor audiencia del año. La influencia de Jay-Z se notó de inmediato. El Super Bowl LIV de 2020, primero tras el acuerdo, tuvo por primera vez a dos mujeres latinas como estelares: Jennifer Lopez y Shakira encabezaron juntas el show. Era un giro notable hacia la diversidad en comparación con años anteriores dominados por artistas pop/rock anglosajones. A partir de entonces, la alineación del Halftime Show ha estado marcada por una presencia sustancial de artistas de color: The Weeknd fue el acto principal en 2021, seguido en 2022 por un elenco totalmente centrado en el hip-hop afroamericano (Dr. Dre, Snoop Dogg, Mary J. Blige, Kendrick Lamar, acompañados por Eminem como invitado).
En 2023, Rihanna finalmente accedió a presentarse en medio tiempo –cuatro años después de su boicot inicial–, explicando que veía en ese escenario una oportunidad “de abrir puertas y tener representación a un nivel tan, tan alto” para la comunidad urbana (término con el que aludió a la comunidad negra y latina). La propia Rihanna señaló el poder simbólico de dos Super Bowls seguidos “representando a la comunidad urbana” a nivel global, calificándolo como “un mensaje muy fuerte”. En efecto, Jay-Z y Roc Nation parecieron transformar la narrativa del Halftime Show: de ser un foco de controversia y ausencias notables, pasó a considerarse –parcialmente– como un escenario “cool” y comprometido culturalmente, donde las minorías antes relegadas ahora tenían protagonismo central.
No obstante, la alianza también enfrentó escepticismo desde su anuncio. Dada la reputación previa de Jay-Z como defensor de causas sociales y partidario de Kaepernick, algunos críticos interpretaron su acuerdo con la NFL como una maniobra cínica. Se argumentó que la liga buscaba “esconderse detrás de la cara [afroamericana] de Jay-Z” para desviar las críticas sin abordar el problema de fondo –especialmente mientras Kaepernick seguía vetado de la NFL–. En la conferencia de prensa de lanzamiento de la colaboración, cuando periodistas cuestionaron si aquello era solo “un curita sobre una herida de bala” dada la aparente marginación de Kaepernick, Jay-Z respondió que “ya superamos lo de arrodillarse; es hora de tomar acciones concretas”. Con esa frase –“we’ve moved past kneeling”– el rapero dio a entender que su estrategia sería impulsar cambios desde dentro del espectáculo y programas como Inspire Change, más que seguir enfrascado en el gesto de protesta.
En términos de reputación… La NFL estaba cambiando el enfoque de la conversación: del conflicto por las protestas en el campo, al mensaje de que la liga sería ahora una plataforma de cambio cultural (al menos de cara al público).
¿Lavado de imagen?
Bajo la batuta de Roc Nation, el Halftime Show pareciera que se ha convertido en un escenario de reivindicación cultural. La edición de 2022 –como ya se señaló– es ilustrativa: por primera vez el género rap/hip-hop –nacido de la experiencia afroamericana– tomó completamente el centro del espectáculo, algo impensable décadas atrás. Esa presentación reunió a leyendas vivas del rap de la costa oeste (Dr. Dre, Snoop Dogg, Kendrick Lamar), a una reina del R&B (Mary J. Blige) y a Eminem (un invitado blanco dentro de un contexto dominado por la cultura negra). El show fue ampliamente elogiado como uno de los mejores en la historia del Super Bowl, descrito como una “celebración de la excelencia negra” y un potente tributo a la influencia del hip-hop. De hecho, una encuesta posterior reveló que el 58% de los afroestadounidenses sintieron que tener un elenco mayoritariamente negro en 2022 fue una iniciativa de inclusión legítima por parte de la NFL.
No solo se honró a íconos de la música negra en un evento de alcance masivo, sino que hubo gestos simbólicos claros: durante ese mismo espectáculo Eminem se arrodilló en el escenario, replicando la postura de Kaepernick como señal de solidaridad. Aunque circularon rumores de que la NFL había prohibido a Eminem hacer ese gesto, finalmente ocurrió –y fue visto por muchos como una señal de que la liga estaba dispuesta a tolerar e incluso enmarcar la protesta dentro de un momento de entretenimiento mainstream.
Ahora bien, esta aparente apertura no ha sido lineal. En el Halftime Show de 2025, encabezado por Kendrick Lamar, uno de los bailarines apareció con una bandera híbrida de Palestina y Sudán, con las palabras “Gaza” y “Sudán” escritas. La imagen se viralizó de inmediato, pero la respuesta fue contundente: según reportes, la NFL lo vetó de por vida de futuros eventos. Es decir, mientras ciertas protestas vinculadas a la lucha racial estadounidense son absorbidas como parte del espectáculo, otras expresiones políticas o geopolíticas siguen siendo reprimidas. Para muchos analistas, este episodio evidenció que la inclusión simbólica tiene fronteras claras y que la NFL controla de forma estricta qué tipo de gestos pueden ser visibles sobre su escenario.
Si retrocedemos unos años, la incorporación de artistas latinos ha sido parte de esta estrategia de diversidad simbólica. Antes de 2020, la presencia latina en los shows de medio tiempo era esporádica (Gloria Estefan actuó en 1992 y 1999; Enrique Iglesias y Christina Aguilera aparecieron como invitados en 2000). Esto cambió radicalmente con el show de Shakira y J.Lo en Miami 2020, que fue explícitamente concebido para exaltar la latinidad ante una audiencia global. Aquella vez se vieron banderas de Puerto Rico ondeando en el escenario y hasta críticas sociales sutiles –como niños en jaulas iluminadas– en alusión a la crisis migratoria. Ese espectáculo marcó un hito al posicionar la diversidad étnica y de género al frente (dos mujeres latinas liderando por primera vez.
Y si retrocedemos aún más… esta diversidad en el escenario no surgió de la nada, sino que forma parte de una evolución histórica. Desde los 90, artistas afroamericanos han tenido participaciones memorables en el medio tiempo: Michael Jackson en 1993revolucionó el formato del show, Diana Ross (1996) y Stevie Wonder (1999) aportaron soul y R&B, y en décadas posteriores estrellas como Prince (2007), Beyoncé (2013) o Bruno Mars (2014) brillaron ante millones. Sin embargo, solían ser casos intercalados con numerosos actos liderados por artistas blancos.
Lo novedoso en la era post-2019 es la consistencia de la representación: prácticamente cada Halftime Show reciente ha sido encabezado por artistas de minorías, y de manera más consciente se ha destacado su identidad cultural. Esto sugiere para algunos que la NFL está usando el espectáculo como vitrina de diversidad simbólica de forma más deliberada que en el pasado, intentando proyectar una imagen de liga “abierta al cambio”.
Es entonces… ¿una reparación simbólica o cambio real?
Si bien esta estrategia ha rendido frutos en el terreno de la percepción pública del evento –volviendo a posicionar al Halftime Show como un espacio llamativo y aparentemente progresista–, queda la pregunta de hasta qué punto representa un cambio profundo o solo una reparación cosmética. Muchos observadores y aficionados señalan que la NFL sigue teniendo tareas pendientes fuera del escenario iluminado. El propio éxito del show de 2022 reavivó este debate: a la semana siguiente, la NFL se vio sacudida por nuevas acusaciones de racismo en sus prácticas de contratación, lo que llevó a preguntarse si un espectáculo, por inclusivo y emocionante que fuese, bastaba para “opacar su historia y presente” de problemas.
En sondeos de opinión, aproximadamente la mitad de los seguidores aún opinan que la liga maneja mal o solo regula los temas de diversidad, reflejando un estancamiento en la confianza sobre reformas internas.
Desde la perspectiva de parte de la afición afroamericana, el consenso es que el show de medio tiempo, aunque bienvenido, no es suficiente. En grupos de discusión tras el Super Bowl LVI, numerosos fanáticos expresaron sentimientos encontrados: apreciaron el gesto de ver a sus artistas e historias representadas, pero cuestionaron la sinceridad de la NFL. Por un lado, comentaban que presentar talento negro y latino “es un paso en la dirección correcta”; por otro, dudaban si aquello fue un movimiento comercial/publicitario más que un compromiso genuino, y si realmente se traducirá en “acciones significativas en el campo, en los vestuarios y en la sala de juntas”de la liga.
Un aficionado resumió esta inquietud de forma contundente: “Han tenido personas de color en el pasado y no cambiaron sus prácticas de contratación; [el show] no excusa su trato hacia jugadores o coaches”. De igual manera, muchos recalcan que ninguna cantidad multicultural en el Super Bowl borra el hecho de que Colin Kaepernick sigue sin ser reincorporado, y que las oportunidades para entrenadores minoritarios continúan siendo escasas. Se podría decir que el Halftime Show se percibe como una “reparación simbólica”: un esfuerzo por enmendar la relación con las comunidades marginadas en el plano simbólico y mediático, más no necesariamente en las estructuras de poder de la liga.
A día de hoy, la narrativa pública alrededor del Halftime Show ha sido transformada –la NFL logró asociarlo con diversidad y justicia cultural–, pero la narrativa sobre la NFL en su conjunto seguirá marcada por el escrutinio crítico.
En última instancia, el espectáculo de medio tiempo ha funcionado como un paliativo para su reputación: ha abierto un espacio simbólico de reconciliación y orgullo multicultural en el seno de un deporte históricamente controvertido en materia racial. Sin embargo, convertir esa reparación simbólica en reforma sustantiva requiere más que shows vibrantes; exige que la institución de la NFL refleje fuera del escenario los valores de equidad y respeto que ahora promociona sobre él.
En términos de reputación.. Para que esto sea sostenible en el tiempo y no se quede en un brand washing tiene que hacer cambios en sus distintas dimensiones: estratégica, de capital humano, gobernanza y hasta financiero. ¿Lo logrará?.








